Estoy en mi cuarto, la luz entra por la ventana. Tengo un par de computadoras, cada una haciendo algo. Entra un mosquito por la rendija de la puerta y busca afanosamente mi piel.
Lo amenazo de muerte y le abofeteo en un intento fallido por deshacerme de él. Avanza entre los objetos y pasa sobre mis manos. Somos ahora un conjunto breve de intenciones. Se posa sobre mi oreja, intento escuchar en vano, sólo lo siento ahí.
De pronto se va y me quedo sin más qué contar.
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